Podría seguir etiquetando todo lo que pensé sobre Dios en una de las temporadas más oscuras de mi vida. Y lo más irónico es que nada de eso era verdad. ¡Nada más lejos de la realidad!
Sí, amigos. Yo pensé que Dios se había rendido conmigo. ¿Y cómo no pensarlo, si yo misma ya no confiaba en mí?
A veces lloraba. A veces le reclamaba. Pero al menos… comencé.
Mucha gente piensa que orar es algo litúrgico, complicado, lleno de reglas y fórmulas. Pero no. Orar es hablar. Con una diferencia: para orar, necesitas confiar. Y eso, para alguien como yo, que había sido engañada tantas veces… era un reto enorme.
“Dios se rindió conmigo.”
“Algo malo debo tener.”
“Las peores cosas siempre me pasan a mí.”
“Dios no quiere que sea feliz.”
“Mi vida no tiene sentido…”
Sí, tenía la mente llena de ladrillos pesados. Cada pensamiento era uno más que levantaba un muro entre Dios y yo. ¿Cómo iba a escucharle si, en mi interior, ya lo había declarado culpable?
Y fue ahí… justo ahí… donde entendí que el primer paso era ponerme en paz con Él.
No sabía cómo hacer eso, nadie me lo enseñó antes, solo sabía que tenía que ponerme en paz con él y era lo que iba a hacer.
Continúa.....

No hay comentarios:
Publicar un comentario